La Moraña: de paseo por tierras de Isabel la Católica. (II)

Madrigal de las Altas Torres es una localidad que merece ser visitada. Su  poético nombre ya resulta atractivo. La primera vez que pisé este lugar fue de manera imprevista, camino de Arévalo. Desconocía todo acerca de este pueblo y me sorprendió su bello casco urbano rodeado por los cuatro costados por las ruinas de su muralla, visible desde lejos, al ubicarse en una desolada llanura. .

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La muy noble, imperial y coronada villa de Madrigal de las Altas Torres es el título completo de la localidad. Porque como en todo, hay categorías, que aluden a su importancia histórica y no siempre son del conocimiento general.   Por ello puede sorprender que haya ciudades como Arévalo que no llegan a los 10.000 habitantes y Villas como Madrid que sobrepasan los 3 millones.

Así pues, Madrigal tiene la misma categoría que Madrid. Ignoro si lo de “Altas Torres” es referido a su muralla. A simple vista, sus torreones no me parecen demasiado altos. Me encaramo a uno de ellos, situado en uno de los flancos de la puerta sur de la fortificación, subiendo por una empinada escalinata de ladrillo.

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Desde arriba se tiene una visión bastante completa del pueblo. Justo enfrente, mirando hacia el norte hay una amplia plaza empedrada en donde se ubica el antiguo palacio de Juan II de Castilla, posteriormente reconvertido en convento de agustinas. En él nació la reina Isabel. A la izquierda aparece el Hospital de la Purísima Concepción. Ambos edificios se muestran completamente restaurados, con un aparejo toledano que luce como si se hubiese construido ayer.

Este tipo de albañilería, que mezcla hiladas de ladrillo y mampostería de piedra, es nota común en todas las edificaciones de la comarca. También aparece en los lienzos y torreones de la muralla. Claro, que eso es para las edificaciones de cierta entidad. Las humildes casas de los comunes se realizaban mediante muros de tapial o adobe, material abundante en esta meseta de arcilla y paja.

Observando el conjunto desde la altura donde me encuentro, imagino el aspecto imponente que debía presentar la fortificación allá por el siglo XII, recién estrenada.  Hay docenas de torreones, sobresaliendo  los que flanquean las puertas sur y oeste. Su aspecto presenta un cierto aire morisco, sobretodo por la forma de sus huecos apuntados y lobulados .

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Su forma casi circular es, a decir de algunos, avanzada y precursora de las urbes del renacimiento, pero yo lo considero simplemente una disposición lógica para una fortificación que no tiene que ajustarse a los accidentes geográficos, por encontrarse en una despejada llanura. Por cierto, me pregunto que motivos llevarían a los fundadores a levantar una urbe en semejante páramo. Ni siquiera parece haber río, porque no se puede denominar así al arroyo estacionario que pasa por los alrededores. Tirarían de pozos.

Me quedaría más tiempo observando y divagando desde lo alto, pero hay más cosas que ver y sobretodo: ya es hora de hidratar el cuerpo, que llevo todo el día andando y hace bastante calor a pesar de estar en pleno otoño en una de las zonas más frías de España.

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Así que me acerco hasta la plaza principal. Bueno, digo yo que será la principal porque en ella está el único bar que recuerdo en el pueblo. Los carteles dicen que se llama Plaza de San Nicolás, como la iglesia mudéjar que allí se ubica y que observo detenidamente mientras me refresco con merecida cerveza. En ella, en la iglesia, no en la cerveza, fue bautizada Isabel.

Junto a esta pequeña plaza hay otra, bastante más amplia y ajardinada. En ella otra iglesia mudéjar. Es el punto más elevado de la villa. Desde aquí, mirando hacia el sur, se pueden observar a lo lejos las ruinas del convento de los padres agustinos, adonde ahora me dirigiré.

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El antiquísimo convento agustino de extramuros debió  ser edificio importante, pues lo  conocían como el Escorial de Castilla. En una de sus celdas murió Fray Luis de León. Con la desamortización de Mendizábal el edifico pasó, como tantas obras grandiosas, de las poderosas manos de la Iglesia, a otras no menos poderosas  pero sí más descuidadas, lo que condujo a su ruina. Paseando entre sus restos no puedo dejar de pensar, por enésima vez, lo irracional del ser humano, capaz de levantar grandes obras para después tirarlas o dejarlas caer si no generan dinero. La rentabilidad económica, la verdadera reina de nuestra sociedad.

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