La Moraña: de paseo por tierras de Isabel la Católica. (I)

En la comarca de La Moraña, tierra de moros según la Wikipedia, nació y paso su infancia la reina Isabel I de Castilla. La reciente y exitosa  serie de TV acerca de su vida ha revalorizado, si cabe aún más, su legendaria aureola histórica entre los españoles.  Hecho éste que no ha pasado desapercibido a los políticos y empresarios de la zona que tratan de aprovechar el tirón de la real figura para atraer al turista.

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No me sorprende por lo tanto ver en Arévalo atriles informativos   que hablan de la ruta de Isabel la Católica, pues en esta bella localidad abulense pasó la reina gran parte de su infancia, y mediante este recorrido señalizado se pretende enseñar y guiar al turista por los sitios más emblemáticos de la ciudad en relación con la reina.

Yo, de momento, hago caso omiso a los carteles y me dispongo a patear Arévalo según me dicta mi propio entender. A mi bola como se dice ahora. Antes de comenzar a callejear por el casco urbano no viene mal cruzar el río Arevalillo para obtener desde el otro lado una buena vista de la ciudad, de cuyo perfil sobresalen la media docena de torres y  el castillo.

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Como existen dos puentes medievales que cruzan el río, salgo por el de Medina, que es de considerables dimensiones para la época en que se construyó, y regreso por el otro, bastante más modesto y cuyo nombre ignoro.

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Que Arévalo fue ciudad importante se comprueba con solo prestar un poco de atención a los edificios que conforman su casco histórico. Restos de casas palaciegas derruidas junto a caserones rehabilitados. Varias iglesias mudéjares  y también unos cuántos conventos, algunos en ruinas, cómo no. Hubo una importante judería, señal inequívoca de que por aquí se movía dinero. Quedan restos de la muralla y también hay un castillo, tan restaurado, que parece más bien de parque temático en lugar de pertenecer a la desolada Castilla. Y es que uno está tan acostumbrado a visitar ruinas por estas tierras que se sorprende al ver fortaleza tan impecable.

Su localización, elevándose sobre los cauces de los ríos Arevalillo por un lado y Adaja por el otro, le otorga, no solo bellas vistas panorámicas, sino también  importante defensa natural. Algo que en nuestros días no tiene valor, pero que fue crucial para su afianzamiento en la edad media como importante plaza fuerte en el proceso de reconquista.

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Soy más aficionado a deambular por callejas y plazas que a detenerme en monumentos concretos, y por ello Arévalo es ciudad por la que siempre he disfrutado paseando. Quizás no haya aquí algún monumento espectacular propio de portada de guía turística, pero como conjunto urbano con predominio de arquitectura aparejada en ladrillo, resulta realmente interesante.   Especialmente agradable  me resulta la zona de la Plaza de la Villa, un amplio espacio urbano empedrado y delimitado por  típicas viviendas  con soportales. Cuenta con dos iglesias en los extremos. En una de ellas, la de San Martín, entro atraído por unos carteles que anuncian unas jornadas taurinas. No es que yo sea muy aficionado a la fiesta nacional, pero no todos los días puede uno ver un templo lleno de capotes, estoques o pinturas de Manolete.

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Además de recorrer  el casco histórico al completo, y los puentes con sus alrededores – te lleva unas tres horas –  no puede uno perderse una visita a cualquiera de los mesones de la calle Figones.  Por los huecos de ventilación que hay en sus muros salen unos vapores y aromas a cochinillo asado que resucitan al más débil.  Cuando atravieso la abarrotada calleja son casi las cuatro de la tarde y todavía hay gente haciendo tiempo en las afueras de los locales, esperando plaza para entrar a comer. Sé por repetida experiencia que el género que sirven lo merece y sospecho que sigue siendo  el famoso cochinillo de Arévalo el que atrae al turista, más que otras historias.

Atravieso la calle a toda prisa, para no caer en tentaciones que no están en mi agenda de hoy, y abandono Arévalo camino de otra interesante villa castellana: Madrigal de las Altas Torres. Eso lo contaré otro día.

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