Dos paseos por La Maragatería.

En tierras leonesas, entre Castilla y Galicia, junto al Bierzo. Ahí se encuentra La Maragatería. Y en ella dos localidades que merece la pena visitar: Castrillo de los Polvazares y Astorga. Esta última, capital de la comarca, es cruce de caminos e inicio de rutas arrieras. Porque los maragatos fueron durante siglos arrieros que unían comercialmente las tierras del interior de España con las costas gallegas y cantábricas. A las primeras llevaban pescados y salazones y regresaban de ellas con cereales, vinos y embutidos. Ya puestos, también trajinaban con textiles y artesanías locales.

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Esta actividad es la que condiciona el urbanismo y la arquitectura del pequeño pueblo de Castrillo de los Polvazares. Una larga y ancha calle central y casas con grandes portalones y amplios patios interiores. Todo ello para permitir el paso de los carros y el desarrollo de una actividad que otorgó riqueza a sus habitantes, a juzgar por la cantidad de casas blasonadas edificadas. Riqueza fundada en la fama de honrados y trabajadores que tenían estos comerciantes, casi nómadas con carreta. Bonanza que terminó con la llegada del ferrocarril, la desaparición del carro y la migración a otros lugares.

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Bella localidad empedrada. Calles y casas construidas con mampostería de piedra ocre y argamasa rojiza, creando un ambiente urbano colorado. Carpinterías de colores vivos, generalmente verdes, con jambas y dinteles en blanco o gris. Todo muy cuidado y homogéneo. Por algo está catalogado como Conjunto Histórico-Artístico.

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Para poder disfrutarlo mejor, la localidad hay que visitarla a golpe de zapatilla pues tiene el acceso rodado prohibido, excepto para sus pocos habitantes. Claro que esto es una utopía en este país atiborrado de prohibiciones que no respetamos. De hecho, cuando he aparcado el coche en el espacio disponible para ello en las afueras, solamente había otros dos vehículos allí estacionados, mientras que las calles aparecen llenas de vehículos. Y es que hoy es festivo y el pueblo se llena de visitantes. Y no es que acudan en masa a degustar la belleza del entorno. Acuden a zampar el famoso cocido maragato, ese que se come al revés, empezando con las carnes y acabando con la sopa de fideos. Bueno, realmente se termina con unas ricas natillas.

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Potente repostaje que algún avispado y valiente peregrino a Santiago, cuyo camino pasa cerca, ha decidido meterse entre pecho y espalda antes de acometer la subida hasta Foncebadón.

Astorga solamente dista 5 km. Por el camino son incontables los peregrinos que marchan hacia Santiago con los que uno se cruza en sentido opuesto. Para ellos comienza la fuerte subida hasta la cruz de hierro en el puerto de Foncebadón, entrada al Bierzo y comienzo de etapas realmente duras. A mí, que ya he recorrido antes ese camino, me espera un agradable paseo por la capital maragata.

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Astorga, Asturica Augusta en época del imperio romano, es ciudad amurallada con muchos siglos de historia detrás. Algunos restos de ese pasado pueden verse al recorrer la ciudad, pero la mayoría, lógicamente, han desaparecido con el paso del tiempo y de las diferentes civilizaciones.  En el Museo Romano, edificio fundado sobre La Ergástula, una estructura abovedada que se situaba en el foro y no se sabe a ciencia cierta que utilidad tenía, se explica y expone parte de lo encontrado en una ciudad en la que cualquier excavación saca a la luz restos del pasado.  Cerca, en plena vía pública y protegidos por una estructura ligera acristalada,  pueden observarse estos vestigios de la villa que han denominado directamente Domus del Mosaico del Oso y los Pájaros. Siempre me han gustado los mosaicos romanos. Son como las actuales fotografías digitalizadas pero a lo bestia, sustituyendo cada minúsculo pixel por una coloreada tesela.

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Lo más visitado por los turistas es el Palacio Episcopal, bastante más conocido que la Catedral que tiene al lado. Y es que lo firma Gaudí, y multitud de carteles por todas partes insisten en recordártelo. Indudablemente políticos y administradores públicos saben que lo que atrae a la gran masa son los nombres famosos, más que las obras en sí mismas. ¿Alguien se imagina en Salamanca carteles señalando hacia la Universidad de Alonso Rodríguez Carpintero o hacia la Catedral de Antón Egás? ¿Y hacia el Monasterio de Juan Bautista de Toledo en  San Lorenzo de El Escorial? Esos artistas no son tan conocidos mundialmente como Gaudí, y su nombre no vende.

El Palacio Episcopal, que fue proyectado por Gaudí desde la distancia gracias a su amistad con el obispo, tiene la impronta de su autor. Su aspecto entre medieval y modernista, sus torres y chimeneas, los grandes arcos abocinados en el atrio, las vidrieras o el interior, tienen el aspecto de otras obras del gran arquitecto catalán. Su imagen se ha convertido en la estampa con la cual Astorga se presenta ante todo el mundo.

La catedral que tiene al lado presenta, como todas las catedrales del mundo, variedad de estilos y aspecto heterogéneo. Del interior no puedo comentar nada porque no pude acceder. Del exterior me sorprende lo sobrecargado de su decoración en la fachada principal y el hecho de tener dos torres de diferente color, debido al diferente tono de la piedra utilizada en su construcción.

Callejeando puede uno encontrar algún rincón interesante, como la casa Panero, que perteneció a la familia de esta estirpe de poetas. Y la plaza mayor, que tengo que imaginarla pues está totalmente oculta por una enorme carpa de plástico, debajo de la cuál celebran algo.  Solamente se puede ver a Colás y Zancuda, los dos muñecos maragatos que martilleando la campana se encargan de dar las horas desde el reloj del ayuntamiento.

Deben ser fiestas. Bailes tradicionales amenizan la jornada, y aunque soy poco aficionado a este tipo de espectáculos, aprovecho para disparar alguna fotografía antes de emprender la retirada.

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4 pensamientos en “Dos paseos por La Maragatería.”

  1. Ya lo probé en otra ocasión y me gustó mucho. Aunque nada que ver con el que me zampé hace tiempo en Tamames, provincia de Salamanca. Aquel constaba de siete platos diferentes, incluyendo tres sopas. Te quedabas que casi no podías moverte hasta el día siguiente.

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