La vereda de Alba

Esta caminata me llevó desde Salamanca a Alba de Tormes siguiendo aproximadamente el trazado de la vía pecuaria que une ambas localidades: la vereda de Alba de Tormes, que prácticamente coincide con la carretera CL-510 que se trazó sobre ella, condenándola en su uso original cuando no haciéndola desaparecer en algunos tramos.

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Inicio la ruta en el puente romano de Salamanca. El primer kilómetro es un paseo por la margen izquierda del Tormes, que permite disfrutar de la magníficas  y conocidas vistas de la capital.

Decido desviarme de la ruta original para dirigirme al casco de Carbajosa de la Sagrada. No hace muchos años ésta era una población pequeña y aislada, a pesar de su cercanía a la capital. Hoy es una población-dormitorio, casi un barrio de Salamanca. Y aunque no ofrezca demasiado interés paisajístico, siempre será preferible cruzar su casco urbano a caminar por una carretera con denso tráfico salpicada de centros comerciales.

Así me planto en la plaza central de Carbajosa y contemplo su sencillísima iglesia que sorprende con un amplio atrio porticado en uno de sus laterales, que invitaría a refugiarse un rato en su sombra si no fuese porque su cancela está cerrada. Sigo la marcha y tras cruzar tierras mitad campestres mitad urbanizadas, echando la vista atrás de vez en cuando para observar Salamanca desde la lejanía,  engancho con la vereda de Alba de Tormes.

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Qué poco necesita uno alejarse de Salamanca para sentirse en pleno campo. Es lo que pienso mientras atravieso la zona de Gargabete, espacio muy usado hace años por los salmantinos en su celebrado Lunes de Aguas. Hoy se presenta, como corresponde a la estación primaveral, algo florida. Ofrece esa belleza natural un tanto adusta que tiene el paisaje de la dehesa charra.

Calvarrasa de Arriba a pesar de su cercanía con la capital, no ha sufrido tanto la urbanización extensiva y aparece  como un pequeño casco urbano rural. Me siento en un banco de su plaza a beber un poco de agua y comer pipas, costumbre ésta de tomar sal durante las caminatas que conservo de mi época en la mili. Mientras descanso observo enfrente de mí el potente muro de sillería bien labrada con espadaña y campanario que conforma el frontal sin acceso de la iglesia del pueblo.

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Al abandonar Calvarrasa y durante varios kilómetros dos atalayas naturales permanecen fijas a la derecha del camino. Son el Arapil  Grande y el Arapil Chico. Los Arapiles. Desde estas atalayas, jefes y oficiales observaron hace 200 años como más de diez mil soldados franceses, ingleses y  portugueses  se mataron o hirieron en estos campos, ayer sembrados de huesos y hoy de cereal.

Llego a la urbanización El Encinar y tengo que cambiar de planes: el bar dónde pensaba repostar con unas cervezas y tapas de la zona está cerrado por obras. Tiro de botella de agua y sigo el camino en lo que es su tramo más bello. Dehesa a ambos lados del camino y olor a tomillo. Se empieza a notar como la vereda se va estrechando cada vez más y te empuja hacia el asfalto de la carretera.

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Así hasta llegar a la fuente de Santa Teresa, que a pesar de no manar agua potable como dice su letrero sigue siendo utilizada por algunos incautos que acuden con garrafas. Hombres de fe. Si luego les sienta mal no habrá sido el agua, sino la cena de la noche anterior. A pesar de ello es buen sitio para descansar un rato en los poyos de granito que hay junto a  la fuente. Buena sombra se disfruta. Y sería más apacible si no fuera por la costumbre de los paisanos de hacer sonar las bocinas de sus vehículos cada vez que pasan por delante de la fuente. Especialmente cuando se trata de camiones.

El último kilómetro de subida hasta llegar al Pinar de Alba es el más incómodo del camino por tener que andarlo por el asfalto recalentado del arcén de la carretera. Entre ésta y los movimientos de los linderos de  fincas a lo largo de los años o siglos han devorado completamente la vereda.

El Pinar de Alba es un buen sitio para otear el horizonte. Tanto hacia el sur divisando Alba de Tormes con el macizo de Gredos al fondo, como hacía el norte donde se muestran desde la cornisa de Cabrerizos hasta los campos de Villoria y Babilafuente. Bajando ya hacia Alba por la vereda que vuelve a aparecer por el margen izquierdo hay que tener cuidado de no torcerse un tobillo pues el firme se convierte en un empedrado irregular. El motivo lo podemos leer en un cartel informativo: estamos pisando la calzada romana “terradillos”.

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Algo más de un kilómetro y es mejor desviarse por la pequeña carretera que conduce hacia el pueblo de Terradillos porque la vereda de Alba vuelve a desaparecer entre sembrados de cereal. Llego a una plazuela arbolada y aprovecho para realizar un descanso invitado por la apetecible sombra  y por la paz que reina en el lugar, pues son las tres de la tarde y no hay un alma por las calles. Cualquier foráneo que pase por aquí quedará sorprendido por el aspecto que ofrece el edificio que alberga las escuelas y el ayuntamiento. Es como un inmenso graffiti en tonos azules. Desde luego lo mínimo que se puede decir de este pueblo es que resulta simpático.  Más adelante, una vez abandonado el casco urbano y a punto de retomar la ruta pecuaria una pintada en una caseta te informa: Ayuntamiento de Terradillos – municipio desnuclearizado.

Ya solo quedan dos kilómetros y son todos de bajada y por vereda cómoda. Menos mal porque las piernas ya pesan. Al frente  la villa de Alba presenta una hermosa vista que conozco de memoria y que me encuentro siempre que llego desde Salamanca. Pero hasta hoy nunca lo había hecho andando y merece la pena la caminata.

Si te interesa realizar esta ruta: AQUÍ puedes ver y  descargar el track GPS de la ruta realizada.

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4 comentarios en “La vereda de Alba”

  1. Gracias por compartir con todos nosotros esta experiencia a través de tu blog y que podamos saber de tus andanzas regularmente.

  2. A ver cuando te animas a relatarnos una ruta sorprendente por la zona de Candelario.

    Si gastronómicamnte hay algo decente, coméntalo también.

    Saludos y buenas suerte en esta andadura, nunca mejor dicho.

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